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El golf como catarsis (2009)

Fernando de Buen

En tiempos como los que estamos viviendo, se vale la nostalgia. Entre la tristeza por el encierro y la muy lamentable pérdida de seres queridos, resultan agradecibles los momentos en los que la memoria nos hace revivir y volver a gozar tiempos mejores. Con muy contadas excepciones, yo podría asegurar que las añoradas visitas al campo de golf en fin de semana, la convivencia con los amigos y la naturaleza, siempre generan grandes recuerdos y, ¿por qué no?, vale la pena revivirlos. Este artículo, originalmente escrito en 2009 (Par 7, pasión por el golf [impreso] no. 202, julio, 2009), es una colección de buenos recuerdos y no dudo que se adapte a la mayoría de nosotros. Se los comparto con mucho afecto, esperando que disfruten su lectura, como yo lo hice al escribirlo hace 11 años y medio (y sí, con pequeños cambios de redacción y estilo). Aquí va:

No importa cuántas cosas pasan por nuestra mente o el aumento de los problemas cotidianos, incluso aquellos que en ocasiones nos desaniman a lanzarnos a nuestro querido club para disfrutar de una ronda de 18 hoyos con nuestros amigos. El golf tiene esa magia maravillosa de permitirnos dejar las tribulaciones atrás y regalarnos lapsos en los que el mundo vuelve a girar en el sentido correcto.

El Diccionario de la Real Academia Española define a la palabra que utilizo en el título de mi artículo como «Purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda»; o bien, «Eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio nervioso.» Si bien ambas definiciones son adaptables a la forma en la que pretendo utilizar el mencionado término, habría que aceptar que tanto purificación, como liberación y eliminación, dependiendo de los factores que causen nuestras dificultades, son tan solo estadios temporales que probablemente pierdan su efecto hipnótico al término de los 18 hoyos o acaso, cuando el jugador ha concluido la sabrosa rutina de la plática con los amigos en el Hoyo 19, el vapor y la regadera, para ponerse nuevamente al volante de su automóvil y volver a la realidad.

Llegó el sábado. Es temprano, muy temprano. Algunos luceros despuntan en el amanecer y, el jugador desvelado, que se acostó cerca de las 3 de la mañana por asuntos de trabajo, decide que ya es tiempo de regresar al club, a pesar de que la cama —con tintes tentadoramente demoníacos— lo invita a seguir durmiendo hasta el mediodía. El regaderazo resulta reconfortante, pero no fue suficiente para despabilar completamente al golfista. Dependiendo de la distancia entre el hogar y el campo de golf, los pormenores de cada dificultad dejada en la oficina continúan deambulando por su mente cansada. Llega a su destino y apenas tiene tiempo de dejar su maletín, calzarse los zapatos, colocarse la gorra y recoger los demás arreos necesarios para su ronda. La mente ha comenzado su labor purificatoria y aquellos asuntos empiezan a esfumarse, mientras que llegan otros relativos a la muy corta rutina de práctica que podrá tener antes del primer golpe del recorrido. Unos minutos después, es tiempo de bajar a la mesa del 1 o el 10, para saludar a los amigos y esperar el turno de salir al campo.

Saludos y abrazos aquí y allá, al reconocer a los amigos que el golfista no había visto en semanas por causa de sus viajes y compromisos. Llega el tiempo de definir las ventajas del foursome y salen a relucir las libretas y las agendas electrónicas (nota del autor: estas ya no existen. ¿Recuerdan la Palm Pilot?): éste me da 4, a aquél le doy 2, con el otro voy tablas. Se sortea el grupo y se conforman los partidos. Cada caddie toma nota y, entre todos, confirman los cálculos y llenan sus respectivas tarjetas. El starter nos da la indicación de que llegó la hora de iniciar. A partir de esos instantes, el proceso catártico está casi completo y solo algunos vestigios —causados por la típica pregunta de los amigos: «¿Cómo van las cosas?»— quedan en la mente del jugador, pero ya no hacen mella en él; está listo para iniciar y, como cada día de golf, quiere a toda costa, jugar su mejor ronda y ganar todas las apuestas posibles.

Pega su primer drive y la bola sale floja, quedando en mala posición. Le da gracias al inventor del mulligan, y pega su segundo tiro a una buena zona en el fairway. Ahora sí, la ronda comenzó y la catarsis ha cerrado por completo la puerta de las angustias cotidianas. El profesionista preocupado cambió de piel y, como una especie de crisálida, su cuerpo entumido por la falta de descanso se ha metamorfoseado en el de un golfista ávido de emociones y buenos ratos.

Las poco más de cinco horas de juego —con la grata interrupción para el incomparable desayuno en el Snack tras los primeros 9 hoyos— son lo único que pasa por la cabeza de nuestro personaje. Buena o mala en calidad y resultados, onerosa o gratificante en los dineros, la ronda del día, la conversación con los amigos, las bromas y cada golpe del recorrido, han logrado restituir por completo a su universo. Su visión de las cosas ha cambiado de tal modo, que incluso a quién le preguntó en el Hoyo 19 acerca de los problemas de la chamba, le contestó con un optimismo tal que la noche anterior nunca habría imaginado.

El vapor y la regadera mantienen al protagonista durante un rato más en estado de tranquilidad y felicidad absolutas. No obstante, al término de estos, mientras se viste para regresar a casa, el ciclo catártico inicia su proceso de desgaste y la realidad muestra sus primeras señales de retorno.

Al igual que cualquier remedio alopático, el efecto de la catarsis provocada por el golf llega a su fin al término de un plazo determinado y no nos queda más que dejar que la realidad reaparezca y afrontarla con buen ánimo. A final de cuentas, llegará el siguiente sábado y con él, la oportunidad de volver a vivir esta feliz experiencia.

fdebuen@par7.mx

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