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Editorial

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Parte 1

Tecnología o capacidad

Fernando de Buen

«… proteger las tradiciones del juego, evitar una excesiva dependencia de los avances tecnológicos en lugar de la práctica y la habilidad, y preservar las diferencias de habilidad a lo largo del juego".

Reglas de Golf.

La lucha entre la capacidad y la tecnología en el golf es ya una guerra encarnizada que ya demanda medidas extremas por parte de la United States Golf Association —USGA— y el Royal & Ancient Golf Club of St. Andrews —R & A—, para limitar los avances que están provocando que los campos de golf —la más esencial de las partes del juego— se vuelvan obsoletos.

Por allá en 2002, durante la inauguración del campo de golf Moon Palace, en Cancún —a la que tuve la fortuna de ser invitado representando a esta revista—, al inicio de la ronda inaugural Jack Nicklaus nos regaló una muestra irrefutable de lo que significaba la tecnología para el desempeño de un golfista. Para la ocasión, Jack utilizó dos drivers diferentes en su golpe de salida inicial; el primero de ellos, con un driver de madera de persimón y, el segundo, con un driver metálico con varilla de grafito; La diferencia entre ambos fue superior a las 20 yardas, por supuesto, en favor de la herramienta metálica.

En aquel entonces, Jack describió que los avances tecnológicos funcionaban completamente en su favor, pues, a su edad, 62 años en la fecha del evento, lo hacía más competitivo contra los jugadores de menor edad. Sin embargo, el Nicklaus de hoy está asustado con la evolución de bolas y palos, ya que la gran mayoría de los campos no tienen terreno disponible para crecer en la proporción que se requeriría para emparejar a las herramientas citadas.

No le falta razón al Oso Dorado. Desde el punto de vista del jugador, las nuevas tecnologías alrededor del golf pueden ser de gran ayuda para quien ha perdido distancia o incluso precisión. Sin embargo, desde la mira del diseñador de campos, estos avances podrían significar cambios radicales al juego de golf, tal como hoy lo conocemos.

Los números son abrumadores. Para finales de 2019, el promedio de drive de los 20 pegadores más largos del PGA Tour y del Tour Europeo se incrementó a 310 yardas, con un promedio de distancia para todos los jugadores de ambos tours de 294 yardas. Desde 2013, estas distancias se han incrementado a una tasa de una yarda por año. Hace apenas un cuarto de siglo, los números correspondientes eran de 278 y 250 yardas, respectivamente.

Sin contar con números precisos, en el caso de golfistas amateurs, el promedio de drive para un jugador de fin de semana fluctúa entre las 185 y 250 yardas, mientras que hace 90 años los números eran de entre 130 y 180 yardas.

Ahora bien, ¿qué factores inciden en los avances exponenciales de la tecnología alrededor del golf? Básicamente, son cuatro: bolas de golf, palos de golf, acondicionamiento físico y sistemas de medición y rastreo.

Los dos primeros son la consecuencia de una enorme inversión en investigación y desarrollo forzados por una férrea competencia que vale miles de millones de dólares en el mercado mundial, dando por resultado bolas que generan mayor distancia y/o control, y palos con diseños de cabezas aerodinámicos, con una mayor superficie óptima de contacto y materiales extremadamente ligeros, combinación virtuosa que redunda en una mayor velocidad al impacto y control.

Los avances con respecto al acondicionamiento físico también han sido exponenciales en años recientes. Las rutinas de preparación han llegado a tal grado de sofisticación, que desarrollan ejercicios específicamente diseñados para adaptar la anatomía del golfista hacia un mejor desempeño, con ejercicios que podrían ayudarlo de muchas formas, como lograr una mayor flexibilidad en el backswing o incrementar la velocidad hacia el impacto con la bola, con la capacidad de medir los resultados en forma precisa mediante métodos computarizados.

Si bien los sistemas de medición y rastreo que se utilizan para analizar el comportamiento de la bola tras el impacto datan ya de algunas décadas, la posibilidad de que ahora sean portátiles y se pueda cargar con ellos para cualquier sesión de práctica, han logrado que jugadores y entrenadores basen las rutinas en mejorar aspectos específicos del swing que redundarán en un golpeo más sólido, un mayor control de la trayectoria o el giro —spin— de la bola.

En concreto, mientras la tecnología avanza a pasos agigantados y devora prácticamente cualquier campo de golf a su paso, estos se ven impedidos de responder de alguna forma para contrarrestar a su enemigo íntimo, pues, si se incrementa su grado de dificultad, lo hará en detrimento de los jugadores de fin de semana, que, si bien se ven beneficiados por las nuevas generaciones de equipos, ni remotamente pueden aprovecharlos en la medida que lo hace un profesional.

La preocupación de los organismos rectores del golf está en el nivel de alerta máxima y se encuentran buscando soluciones a este complicado problema.

En mi próxima columna les compartiré una breve reflexión sobre las consecuencias que tendría en el golf el continuar como hasta ahora, o bien, sobre las propuestas que han surgido para equilibrar la balanza y evitar la obsolescencia de los campos de golf actuales.

fdebuen@par7.mx

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