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Óptimo rendimiento

La inteligencia del cuerpo

Dr. Alejandro Gómez Cortés


Desde los inicios de siglo pasado, muchos psicólogos se han interesado por cuantificar diversos aspectos de las capacidades mentales. Los estudios y tests que miden la inteligencia han ocupado la atención de muchos expertos, sin embargo hasta hace relativamente poco tiempo solo se disponía y se reconocía una forma de intelecto: el relacionado con las habilidades lógico-matemáticas. Al momento actual se reconocen al menos ocho tipos diferentes de actividad intelectual. Describiremos dos de ellos por estar íntimamente relacionados con el desempeño deportivo.

Una es la inteligencia corporal —cinestésica— que supone la capacidad de emplear el propio cuerpo para resolver problemas o crear productos. Evidentemente, los bailarines, actores y deportistas, destacan en estas habilidades, así como también los escultores y artesanos.
Dentro de este tipo de inteligencia existen dos núcleos o características fundamentales. La primera es la habilidad para emplear el cuerpo en formas muy diferenciadas y hábiles para propósitos expresivos u orientados a metas. La segunda es la capacidad para trabajar hábilmente con objetos, tanto los que comprenden los movimientos motores finos de los dedos y manos, como los que utilizan los movimientos motores gruesos del cuerpo.

El uso hábil del cuerpo ha sido importante en la historia de le especie humana, principalmente en la época clásica occidental, ya que los griegos le atribuían un papel magistral. Ellos buscaban la armonía entre la mente y el cuerpo, adiestrando la mente para emplear debidamente al cuerpo y adiestrando al cuerpo para responder a los poderes expresivos de la mente.

Una descripción del uso del cuerpo como una forma de inteligencia puede tener un efecto desagradable. Esto se explica porque en nuestra tradición cultural ha habido una separación entre las actividades del razonamiento por una parte y las actividades manifiestamente físicas por la otra. Un divorcio entre lo mental y lo físico; entre lo reflexivo y lo activo.
En años recientes se ha reiniciado el estudio del vínculo entre el uso del cuerpo y el despliegue de otros poderes cognoscitivos. Es esencial reconocer la importancia de las funciones mentales en las habilidades corporales.

Una ejecución hábil se inicia y dirige por medio de las señales que debe recoger el ejecutante de su medio, en combinación con otras señales internas a su propio cuerpo, que le dan indicaciones acerca de sus propios movimientos conforme los realiza.
Un ejecutante hábil se vale de diversos procedimientos a través de los años, para transformar la intención en acción. Esta intuición de lo que prosigue, es lo que podríamos llamar pericia. Ese dominio de las alternativas posibles y esa habilidad para llevar a cabo la secuencia más efectiva para realizar un excelente clavado, o una flecha soltada en el momento justo. Cuando un ejecutante parece tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que quiere, suele ser un caso de genialidad en inteligencia corporal.

Se ha considerado a la actividad motora una función cortical menos alta que las funciones que sirven al pensamiento puro. Sin embargo, hay que entender que la actividad mental es un medio para ejecutar acciones, uno debe conceptualizar la actividad cerebral como un medio para llevar al comportamiento motor un refinamiento adicional, mayor dirección hacia metas futuras distantes y mayor adaptabilidad. Nuestro sentido cinestésico, que inspecciona la actividad de las diferentes regiones del cuerpo, nos permite juzgar la oportunidad, fuerza y medida de nuestros movimientos y hacer los ajustes necesarios utilizando esta información.

El mejor golfista de todos los tiempos, Jack Nicklaus describe este sentido cinestésico: «Sentir el peso de la cabeza del palo contra la atención del grip me ayuda a balancear con ritmo. Conforme progresa el balanceo hacia atrás, me gusta sentir el peso del palo jalando mis manos y brazos hacia atrás y arriba. Al iniciar el movimiento hacia adelante me gusta sentir el peso de la cabeza del palo atrasándose, resistiéndose, conforme mis piernas y caderas —que ya llevan un impulso— jalan manos y brazos hacia abajo. Cuando puedo esperar estos sentimientos, casi con seguridad estoy balanceándome en el tiempo apropiado. Me estoy dando suficiente tiempo para hacer todos los movimientos necesarios en la secuencia rítmica».

Una dimensión de la actividad motora y quizá la más importante, es la capacidad para el predominio: el potencial de que una mitad del cuerpo (y una mitad del cerebro) asuma el predominio a través de una gama de actividades motoras y perceptivas, mientras la otra mitad desempeña otras funciones.

Existe una retroalimentación continua de señales que proviene del rendimiento de los movimientos, misma que se compara con la representación visual o lingüística que dirige la actividad. Los movimientos voluntarios requieren entonces una comparación permanente de las acciones propuestas con los efectos logrados en la realidad.

La información referente a la posición y el estado del cuerpo mismo regulan la manera en que ocurre la percepción subsecuente del mundo. De hecho, la percepción no se puede desarrollar en forma normal en ausencia de este tipo de retroalimentación de la actividad motora.

Manfred Clynes, neurólogo interesado en la interpretación musical, señala: «Uno puede decidir mover un dedo cierta distancia que corresponda a un centímetro o dos, o volver los ojos para mirar un objeto que esté, digamos, a veinte o treinta grados a la izquierda. En cada caso, los músculos comienzan el movimiento, lo completan y terminan en una fracción de segundo... El cerebro preprograma el movimiento antes de que comience. La decisión se ejecuta meramente luego que se ha iniciado un pequeño movimiento. Dentro de la fracción de segundo que se tarda en ejecutar, no existe retroalimentación que pueda permitir a uno modificar la decisión programada».

El otro tipo de inteligencia que requiere de la armonía mente-cuerpo, es la inteligencia espacial. Esta supone la capacidad de reconocer y manipular pautas en espacios tanto grandes como reducidos.

Existen ejemplos legendarios de agudeza espacial por parte de los esquimales. Por ejemplo se dice que pueden leer textos correctamente lo mismo si están en forma usual que si están de cabeza. Al menos el 60% de los jóvenes esquimales logran calificaciones tan altas en pruebas de habilidad espacial como el 10% de los caucásicos. Esto parece deberse a que tienen que desplazarse grandes distancias sin contar con puntos de referencia.

Otro ejemplo de habilidad espacial es cuando un navegante no puede ver las islas, pero ha aprendido dónde se encuentran y cómo mantener en su mente sus ubicaciones y relaciones.
En la mayoría de las pruebas del pensamiento visual-espacial, los adultos normales a menudo sufren disminución de su rendimiento conforme envejecen, lo que ha llevado a especular que el hemisferio derecho es más vulnerable al envejecimiento. Sin embargo, los individuos que valoran mucho las habilidades espaciales se desempeñan muy bien hasta el fin de sus vidas.

Mientras que el pensamiento lógico matemático se vuelve más frágil en la etapa tardía de la vida, al menos determinados aspectos del conocimiento visual y espacial parecen conservarse, en especial en individuos que los han practicado en forma regular durante sus vidas. Existe un sentido del todo, una sensibilidad gestalt, que es central en la inteligencia espacial.

La inteligencia espacial permanece ligada en lo fundamental al mundo concreto, el mundo de los objetos y su ubicación.

En el próximo artículo expondré la manera de estimular estos tipos de inteligencia.

dr_gomez@prodigy.net.mx


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